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La oración / rezar

La Fuerza que cambia el Mundo

Escribir o recomendar libros para ayudar a rezar es como empezar a nadar en el mar. Sin embargo, cada vez más gente se pregunta cómo rezar y la gran noticia es que como en el mar, rezando todo es grande e inabarcable. Sólo buscando sobre la oración el Espirítu Santo, estoy seguro, te estará inspirando.

Según el diccionario rezar es:

Ponerse [una persona] mental y anímicamente ante la presencia de Dios, de una divinidad, de un santo, etc., para dar gracias o pedir algún favor, o simplemente en actitud contemplativa.

Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido (Mc 11, 24)

Los evangelistas han conservado las dos oraciones más explícitas de Cristo durante su ministerio. Cada una de ellas comienza precisamente con la acción de gracias. En la primera (cf. Mt 11, 25-27 y Lc 10, 21-23), Jesús confiesa al Padre, le da gracias y lo bendice porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen doctos y los ha revelado a los ―pequeños‖ (los pobres de las Bienaventuranzas). Su conmovedor ―¡Sí, Padre!‖ expresa el fondo de su corazón, su adhesión al querer del Padre, de la que fue un eco el ―Fiat‖ de su Madre en el momento de su concepción y que preludia lo que dirá al Padre en su agonía. Toda la oración de Jesús está en esta adhesión amorosa de su corazón de hombre al ―misterio de la voluntad‖ del Padre (Ef 1, 9).

La segunda oración nos la transmite san Juan (cf. Jn 11, 41-42), antes de la resurrección de Lázaro. La acción de gracias precede al acontecimiento: ―Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado, lo que implica que el Padre escucha siempre su súplica; y Jesús añade a continuación: ―Yo sabía bien que tú siempre me escuchas, lo que implica que Jesús, por su parte, pide de una manera constante. Así, apoyada en la acción de gracias, la oración de Jesús nos revela cómo pedir: antes de que lo pedido sea otorgado, Jesús se adhiere a Aquél que da y que se da en sus dones. El Dador es más precioso que el don otorgado, es el ―tesoro, y en Él está el corazón de su Hijo; el don se otorga como ―por añadidura (cf. Mt 6, 21. 33).

La oración, para nosotros los católicos, es la acción de comunicarse con Dios, ya sea para dar gracias, hacer una petición o simplemente expresar los pensamientos y las emociones para buscar guía y dirección.

En el caso de los católicos se trata de vivir nuestra relación Dios.

Para Santa Teresa de Jesús la oración es:

 «No es otra cosa oración mental, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama».

El mismo Cristo nos enseña a rezar en el Evangelio:

Cristo nos enseña el Padrenuestro Lucas 11, 1-4, cuando según nos cuenta el evangelista uno de sus discípulos le dice tras observarle orar:

«Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos». El les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación».

La oración del Padrenuestro, es una parte en si mismo en el Evangelio merece un artículo en si mismo y es parte del Rosario que tanta falta hace rezar como nos indica la Virgen en sus apariciones.

la Oración en el Catecismo:

  • Primera parte: La profesión de la fe
    • El Credo
  • Segunda parte: La celebración del misterio cristiano
    • Los siete sacramentos
  • Tercera parte: La vida en Cristo
    • Los diez mandamientos
  • Cuarta parte: La oración cristiana
    • El “Padre nuestro”

la primera sección se titula: «LA ORACIÓN EN LA VIDA CRISTIANA»

¿QUE ES LA ORACIÓN?

«Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría» (Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrit C, 25r: Manuscrists autohiographiques [Paris 1992] p. 389-390).

La oración como don de Dios

Todos los dones son regalos y por lo tanto si no gozamos de ellos, debemos pedirlos. Destacamos en lo que respecta a lo contenido en el Catecismo lo siguiente:

La humildad es la base de la oración. ―Nosotros no sabemos pedir como conviene‖ (Rm 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (San Agustín, Sermo 56, 6, 9).

La oración como Alianza

La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre.

Es el corazón el que ora la morada donde yo estoy, o donde yo habito (según la expresión semítica o bíblica: donde yo ―me adentro‖). Es nuestro centro escondido, inaprensible, ni por nuestra razón ni por la de nadie; sólo el Espíritu de Dios puede sondearlo y conocerlo. Es el lugar de la decisión, en lo más profundo de nuestras tendencias psíquicas. Es el lugar de la verdad, allí donde elegimos entre la vida y la muerte. Es el lugar del encuentro, ya que a imagen de Dios, vivimos en relación: es el lugar de la Alianza.

La oración como Comunión

La oración cristiana es una relación de Alianza entre Dios y el hombre en Cristo. Es acción de Dios y del hombre; brota del Espíritu Santo y de nosotros, dirigida por completo al Padre, en unión con la voluntad humana del Hijo de Dios hecho hombre.

La definición de comunión: participación, trato familiar…

Dios nos llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso con Él. La oración acompaña a toda la historia de la salvación como una llamada recíproca entre Dios y el hombre.

Jesús empieza por dar gracias

El Hijo de Dios, hecho Hijo de la Virgen, también aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. Él aprende de su madre las fórmulas de oración; de ella, que conservaba todas las ―maravillas‖ del Todopoderoso y las meditaba en su corazón (cf. Lc 1, 49; 2, 19; 2, 51). Lo aprende en las palabras y en los ritmos de la oración de su pueblo, en la sinagoga de Nazaret y en el Templo. Pero su oración brota de una fuente secreta distinta, como lo deja presentir a la edad de los doce años: ―Yo debía estar en las cosas de mi Padre‖ (Lc 2, 49). Aquí comienza a revelarse la novedad de la oración en la plenitud de los tiempos: la oración filial, que el Padre esperaba de sus hijos va a ser vivida por fin por el propio Hijo único en su Humanidad, con los hombres y en favor de ellos.

Jesús reza constantemente

El Evangelio según San Lucas subraya la acción del Espíritu Santo y el sentido de la oración en el ministerio de Cristo. Jesús ora antes de los momentos decisivos de su misión: antes de que el Padre dé testimonio de Él en su Bautismo (cf. Lc 3, 21) y de su Transfiguración (cf. Lc 9, 28), y antes de dar cumplimiento con su Pasión al designio de amor del Padre (cf. Lc 22, 41-44); Jesús ora también ante los momentos decisivos que van a comprometer la misión de sus apóstoles: antes de elegir y de llamar a los Doce.

(cf. Lc 6, 12), antes de que Pedro lo confiese como ―el Cristo de Dios (Lc 9, 18-20) y para que la fe del príncipe de los apóstoles no desfallezca ante la tentación (cf. Lc 22, 32). La oración de Jesús ante los acontecimientos de salvación que el Padre le pide es una entrega, humilde y confiada, de su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre.

La importancia del retiro

Jesús se retira con frecuencia a un lugar apartado, en la soledad, en la montaña, con preferencia durante la noche, para orar (cf. Mc 1, 35; 6, 46; Lc 5, 16). Lleva a los hombres en su oración, ya que también asume la humanidad en la Encarnación, y los ofrece al Padre, ofreciéndose a sí mismo. Él, el Verbo que ha ―asumido la carne‖, comparte en su oración humana todo lo que viven ―sus hermanos‖ (Hb 2, 12); comparte sus debilidades para librarlos de ellas (cf. Hb 2, 15; 4, 15). Para eso le ha enviado el Padre. Sus palabras y sus obras aparecen entonces como la manifestación visible de su oración ―en lo secreto‖.

Cuando llega la hora de cumplir el plan amoroso del Padre, Jesús deja entrever la profundidad insondable de su plegaria filial, no solo antes de entregarse libremente (―Padre… no mi voluntad, sino la tuya‖: Lc 22, 42), sino hasta en sus últimas palabras en la Cruz, donde orar y entregarse son una sola cosa: ―Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen‖ (Lc 23, 34); ―Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 24,43); ―Mujer, ahí tienes a tu Hijo […]. Ahí tienes a tu madre (Jn 19, 26-27); ―Tengo sed (Jn 19, 28); ―¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?‖ (Mc 15, 34; cf. Sal 22, 2); ―Todo está cumplido (Jn 19, 30); ―Padre, en tus manos pongo mi espíritu‖ (Lc 23, 46), hasta ese ―fuerte grito‖ cuando expira entregando el espíritu (cf. Mc 15, 37; Jn 19, 30).

Oración como conversión del corazón

Ya en el Sermón de la Montaña, Jesús insiste en la conversión del corazón: la reconciliación con el hermano antes de presentar una ofrenda sobre el altar (cf. Mt 5, 23-24), el amor a los enemigos y la oración por los perseguidores (cf. Mt 5, 44-45), orar al Padre ―en lo secreto‖ (Mt 6, 6), no gastar muchas palabras (cf. Mt 6, 7), perdonar desde el fondo del corazón al orar (cf., Mt 6, 14-15), la pureza del corazón y la búsqueda del Reino (cf. Mt 6, 21. 25. 33). Esta conversión se centra totalmente en el Padre; es lo propio de un hijo.

La oración de fe no consiste solamente en decir ―Señor, Señor‖, sino en disponer el corazón para hacer la voluntad del Padre (Mt 7, 21). Jesús invita a sus discípulos a llevar a la oración esta voluntad de cooperar con el plan divino (cf. Mt 9, 38; Lc 10, 2; Jn 4, 34).

Tres Parábolas sobre la Oración

San Lucas nos ha trasmitido tres parábolas principales sobre la oración: La primera, ―el amigo importuno‖ (cf. Lc 11, 5-13), invita a una oración insistente: ―Llamad y se os abrirá‖. Al que ora así, el Padre del cielo ―le dará todo lo que necesite‖, y sobre todo el Espíritu Santo que contiene todos los dones. La segunda, ―la viuda importuna‖ (cf. Lc 18, 1-8), está centrada en una de las cualidades de la oración: es necesario orar siempre, sin cansarse, con la paciencia de la fe. ―Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?‖. La tercera parábola, ―el fariseo y el publicano‖ (cf. Lc 18, 9-14), se refiere a la humildad del corazón que ora. ―Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador‖. La Iglesia no cesa de hacer suya esta oración: ¡Kyrie eleison!

JESÚS ESCUCHA LA ORACIÓN

La oración a Jesús ya ha sido escuchada por Él durante su ministerio, a través de signos que anticipan el poder de su muerte y de su resurrección: Jesús escucha la oración de fe expresada en palabras (del leproso [cf. Mc 1, 40-41], de Jairo [cf. Mc 5, 36], de la cananea [cf.Mc 7, 29], del buen ladrón [cf. Lc 23, 39-43]), o en silencio (de los portadores del paralítico [cf. Mc 2, 5], de la hemorroisa [cf. Mc 5, 28] que toca el borde de su manto, de las lágrimas y el perfume de la pecadora [cf. Lc 7, 37-38]). La petición apremiante de los ciegos: ―¡Ten piedad de nosotros, Hijo de David!‖ (Mt 9, 27) o ―¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!‖ (Mc 10, 48) ha sido recogida en la tradición de la Oración a Jesús: ―Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador‖. Sanando enfermedades o perdonando pecados, Jesús siempre responde a la plegaria del que le suplica con fe: ―Ve en paz, ¡tu fe te ha salvado!‖.